Devocional 030 septiembre

Es Tiempo de Conectar, septiembre 030

El Cordero que quita el pecado

«Al día siguiente Juan vio a Jesús que venía hacia él, y dijo: ‘He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.'» — Juan 1:29

Es interesante que, cuando Juan el Bautista ve a Jesús por primera vez, lo relaciona con un «cordero» — le pone nombre y lo conecta con algo que todo israelita entendía de inmediato, porque el cordero llevaba siglos en el centro de su fe y de su tradición.

¿Por qué un cordero?
«Anuncien a toda la comunidad de Israel que el décimo día de este mes cada familia deberá seleccionar un cordero o un cabrito para hacer un sacrificio… Después tomarán parte de la sangre y la untarán en ambos lados y en la parte superior del marco de la puerta de la casa donde comen el animal.» Éxodo 12:3, 7
En Éxodo 12 leemos que los israelitas recibieron instrucciones de que, en la noche de la Pascua, debían tomar un cordero sin defecto y poner su sangre en el dintel de la puerta lo cual sería la diferencia entre la vida y la muerte.

Cada año, en el Día de Expiación, se ofrecía un cordero por los pecados de todo el pueblo (Levítico 16). El principio detrás de esto no era un capricho: Hebreos 9:22 dice que «sin derramamiento de sangre no se hace remisión de pecados», porque el pecado tiene una consecuencia real, la muerte, y esa consecuencia tenía que recaer en algo o en alguien.

¿Por qué era necesaria la expiación?
Este es el punto central: Dios es perfectamente santo y perfectamente justo, y desea relacionarse con su creación más alta — el hombre y la mujer. Pero para tener esa relación, simplemente no puede hacerse el de la vista gorda ante la culpa.

«¿Qué son los simples mortales para que pienses en ellos, los seres humanos para que de ellos te ocupes?» Salmos 8:4

El pecado exige una acción, y los corderos del Antiguo Testamento nunca resolvieron el problema de fondo.

Hebreos 10:4 lo dice sin rodeos: «la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados.»

Eran una señal, un anticipo, repetido una y otra vez, apuntando hacia adelante — hacia un Cordero que sí satisficiera los requisitos de un Dios santo y perfecto.
No hay posibilidad de que el hombre logre expiar su propio pecado, nada que pueda hacer para restaurar por sí mismo su relación con Dios.

Ahí entra Jesús: una persona real que cargó una culpa real. Isaías lo había profetizado setecientos años antes: «Como cordero fue llevado al matadero… por la transgresión de mi pueblo fue herido» (Isaías 53:7-8). Jesús no solo representa al cordero de la Pascua, es «nuestra pascua», como escribe Pablo (1 Corintios 5:7), sacrificado una sola vez, de una vez por todas (Hebreos 10:10).

Corrie ten Boom, sobreviviente del campo de concentración de Ravensbrück, entendió esta sustitución de una forma muy concreta. Después de la guerra, mientras predicaba el perdón, se encontró cara a cara con uno de los guardias que la había maltratado en el campo, ahora convertido, pidiéndole perdón. Ella describió el momento como el instante más difícil de su vida: extender la mano no porque el hombre lo mereciera, sino porque Cristo ya había pagado esa deuda en la cruz. Ese perdón imitaba, en pequeño, lo que el Cordero había hecho en grande: alguien inocente absorbiendo lo que otro merecía.

Y aquí vale la pena detenerse en algo que casi todos cargamos: la culpa. Así como el dolor físico avisa que algo anda mal en el cuerpo, la culpa es una señal — pero muchos la convierten en una condena permanente, un peso que cargan por años aun después de haber pedido perdón, como si la sangre del Cordero no hubiera sido suficiente y todavía faltara algo por pagar. 

Esa culpa que no se va, que regresa una y otra vez a acusar, no viene de Dios — Romanos 8:1 es categórico: «ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.» Sentir culpa te lleva a la cruz una vez; quedarte en la culpa te aleja de lo que la cruz ya resolvió.

Como lo decíamos hace algunos días: Jesús es suficiente. No tienes que hacer nada más para recibir el perdón y ser justificado.

Aplicación: El pecado que cargas, la culpa, la vergüenza o algo que sigues intentando «pagar» tú mismo con esfuerzo o penitencia ya tiene un pago hecho. No necesitas otro cordero, otra ofrenda, otro intento de compensar. Necesitas recibir lo que ya está terminado. Hoy, en lugar de seguir cargando esa cuenta, entrégala.

Oración: Señor Jesús, gracias porque tú eres el Cordero que yo nunca hubiera podido encontrar por mí mismo, el único sacrificio que en verdad quita el pecado, no solo lo cubre. 

Hoy dejo de intentar pagar lo que tú ya pagaste. Recibo tu sangre como suficiente para mí. Gracias por asumir y llevar lo que yo merecía. Gracias por morir por mi. Amén.

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Creado y narrado por Juan Bravo. producido por Conectar Global

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