Es Tiempo de Conectar, febrero 008

¡Pídeme!

La vida es sagrada así que no matarás

Este es el quinto mandamiento de diez en total donde Dios da una orden y es que ningún ser humano tiene derecho a quitarle la vida a otro, porque la vida humana es sagrada y sólo Dios tiene autoridad sobre la vida y la muerte.

Este mandamiento puede parecer muy seco, pero no es así, sino que esconde el inmenso valor que Dios tiene sobre la vida humana, sobre cada uno de nosotros. De los aproximadamente 8 mil millones de personas que habitamos en este planeta, cada uno tiene valor para Dios. Él envió a su Hijo a morir por cada uno. Tenemos un altísimo valor para Él. Él nos ama. Por eso el asesinato es tan grave para Dios.
Este mandamiento trasciende la prohibición del asesinato; es un llamado sagrado a proteger la vida en todas sus etapas. Incluye el rechazo al suicidio, al infanticidio, al aborto —el fin de una vida por nacer— y a la eutanasia. Aun en las circunstancias más desgarradoras y complejas, nuestro énfasis debe permanecer en el respeto absoluto por la dignidad de la vida humana, pues sólo Dios tiene la soberanía sobre ella.
Viví esta realidad de cerca hace un par de años con mi hermano Rafael. El cáncer terminal lo mantuvo postrado, enfrentando un dolor y un sufrimiento que nos rompían el corazón. En su agonía, él llegó a anhelar una muerte inducida; sin embargo, no fue necesario intervenir en los tiempos del Creador. Poco tiempo después, Dios mismo, en Su soberanía y misericordia, lo llamó a Su presencia. Esa experiencia me enseñó que, incluso en el valle de sombra, la vida sigue siendo un territorio donde solo Dios tiene la última palabra.
Jesús en el Sermón del Monte va más allá y profundiza en este mandamiento diciendo en Mateo 5:21-22,

“Ustedes han oído que se dijo a los antiguos: ‘No matarás; y cualquiera que mate será culpable de juicio’. Pero yo les digo que todo aquel que se enoje con su hermano será culpable de juicio; cualquiera que insulte a su hermano será culpable ante el concilio; y cualquiera que diga: ‘¡Necio!’ será culpable del infierno de fuego.”

No asesinar a alguien para Dios no es suficiente sino que a Dios también le importan la actitud y las palabras de ira pues las reacciones y la ira provienen del mismo corazón; un corazón lleno de odio puede llevar al asesinato.

Jesús pone a sus discípulos una vara muy alta y nos dice a ti y a mí que esto también está mal, que esto es inaceptable para sus seguidores.

Por esto un buen remedio contra la ira y el resentimiento es orar por nuestros enemigos, orar por aquellos que nos han hecho daño. Soy consciente que hay circunstancias en las que no es fácil.
Guillermo (cambié su nombre), un amigo cercano, vivió una tragedia que desafía cualquier explicación. En un acto de hospitalidad, abrió las puertas de su hogar a un misionero, quien traicionó esa confianza de la forma más oscura al abusar de su hija cuando ella era menor de edad. Es una herida profunda que, incluso años después, sigue proyectando sombras de temor en su vida.
Mi amigo tuvo la inmensa valentía espiritual de perdonar al agresor en su corazón; sin embargo, comprendió que el perdón no es sinónimo de impunidad ni de silencio cómplice. Con una determinación admirable, Guillermo ha dedicado años a seguir el rastro de este individuo a donde quiera que vaya, denunciando sus actos y advirtiendo a las comunidades para evitar que otros niños sufran el mismo destino. Su perdón fue un acto de liberación personal, pero su denuncia es un acto de justicia y protección al prójimo.
Esta dualidad nos recuerda que, aunque soltamos el rencor, Dios es el juez supremo de la historia. Como dice Su Palabra: ‘Yo tomaré venganza; yo les pagaré lo que se merecen. A su debido tiempo, sus pies resbalarán. Les llegará el día de la calamidad, y su destino los alcanzará’ (Deuteronomio 32:35).
La justicia de Dios es nuestra garantía de que ninguna maldad quedará oculta para siempre.»
Dios nos exhorta a no tomar la justicia por mano propia y dejar la venganza en manos de Él. En lugar de buscar revancha, permite que la justicia divina actúe a su debido tiempo y recordar que la vida humana es sagrada y sólo le pertenece a Él.

Señor, perdona tanto derramamiento de sangre en mi país, tanto homicidio y tan poco respeto por la vida. Oro por mis enemigos, oro por aquellos que me han hecho daño a mí o a un ser querido. Te entrego todo, tuya es la venganza. Que Jesús en la cruz cuando pidió perdón por sus enemigos, sea mi inspiración. Amén.

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