Es Tiempo de Conectar, noviembre 12
Una Vida en Victoria
“Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu gran amor; conforme a tu misericordia, borra mis transgresiones.
Lávame de toda mi maldad y límpiame de mi pecado.
Yo reconozco mis transgresiones; siempre tengo presente mi pecado.
Contra ti he pecado, sólo contra ti, y he hecho lo que es malo ante tus ojos; por eso, tu sentencia es justa y tu juicio, irreprochable.
Purifícame con hisopo y quedaré limpio; lávame y quedaré más blanco que la nieve.
Anúnciame gozo y alegría; infunde gozo en estos huesos que has quebrantado.
Aparta tu rostro de mis pecados y borra toda mi maldad.
Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio y renueva un espíritu firme dentro de mí.
No me alejes de tu presencia ni me quites tu Santo Espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación; que un espíritu de obediencia me sostenga.” Salmo 51: 1-12
Qué hermosa súplica la que hace David y que yo hago con frecuencia. Así como la mayoría de nosotros la embarramos, a David se le fue la mano, lo importante es que no se quedó lamentándose o lamiendo sus heridas, sino que creyó en un Dios que conoce a la perfección nuestra condición humana y que es perdonador, que levanta y que da una segunda oportunidad.
Cuando pequemos el próximo paso es ser un cristiano perdonado, que corrige el rumbo, se levanta y no se rinde ante las adversidades como dice Prov. 24:16, “Los justos podrán tropezar siete veces, pero volverán a levantarse.”
Notamos en David algo especial y es su profundo remordimiento y que no quiere ser derrotado de nuevo.
Lo importante es ser efectivos al vencer nuestros demonios y poder romper con hábitos de pecado.
David hubiera podido haberse cubierto en religiosidad, cumplir con los requisitos de la ley judía pero dice con claridad en el vs. 17, “El sacrificio que sí deseas es un espíritu quebrantado; no rechazarás un corazón arrepentido y quebrantado, oh Dios.”
Puedes tener la absoluta certeza de que si te presentas a Dios de esta manera, te cubres con la Sangre de Cristo que limpia toda maldad, Dios va a atender esta oración y no te va a rechazar.
El problema es cuando el pecado se convierte en un hábito que se repite, lo más conveniente es confesar a Dios y apoyarte en otros que te ayuden a vencerlo.
1 Juan 1:8-9, “Si afirmamos que no tenemos pecado, lo único que hacemos es engañarnos a nosotros mismos y no vivimos en la verdad; pero si confesamos nuestros pecados a Dios, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.”
David siendo el líder principal de su nación quizás creyó que nadie se había dado cuenta de su gran transgresión cometiendo no sólo adulterio sino también un asesinato. Sin embargo su crimen no quedó impune y Dios usó al profeta Natán para denunciarlo y sacarlo a la luz.
Marcos 4:22, “Pues todo lo que está escondido tarde o temprano se descubrirá y todo secreto saldrá a la luz.”
Salmo 51:18, “Mira a Sion con tu favor y ayúdala; reconstruye las murallas de Jerusalén.”
David en su oración de quebrantamiento sabía muy bien que su pecado tenía un impacto en su liderazgo sobre la nación y por eso incluye a Sion y pide ayuda por ella y no sólo esto sino que pide que las murallas de protección de la ciudad sean reconstruidas.
Cuando pecas, cuando caes en una debilidad dejando que tu carne te arrastre, cree que Dios restaura pero que hay consecuencias en tu propia vida y en las vidas de aquellos más cercanos, en tu familia, tu comunidad cristiana, tu trabajo, en todo.
Salmo 19:12 “¿Quién puede discernir sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos.”
Para terminar, te animo a que pongas atención al El Salmo 37: 23-28,
“El Señor dirige los pasos de los justos; se deleita en cada detalle de su vida.
Aunque tropiecen, nunca caerán, porque el Señor los sostiene de la mano.
Una vez fui joven, ahora soy anciano, sin embargo, nunca he visto abandonado al justo
ni a sus hijos mendigando pan.
Los justos siempre prestan con generosidad y sus hijos son una bendición.
Aléjate del mal y haz el bien, y vivirás en la tierra para siempre.
Pues el Señor ama la justicia y nunca abandonará a los justos.”
La sangre de Jesús nos limpia de todo pecado.
Todos, de una manera u otra, le hemos fallado a Dios. La Biblia es clara cuando dice que la paga del pecado es la muerte, por lo tanto, como todos hemos cometido pecados, pecados grandes como David o no tan grandes, pocos o muchos la sentencia es clara, debemos morir.
Se acerca el hermoso tiempo de Navidad, una de mis temporadas favoritas al celebrar el nacimiento de Jesús.
¿Para qué vino?
Vino para morir, para llevar en la cruz nuestro pecado y para lavarnos. La sangre de Jesús en la cruz no solo borró nuestro pecado sino también llevó toda culpabilidad y todo sentimiento de condenación.
A Jesús no lo clavaron en la Cruz los romanos o los judíos, fueron mis pecados y su profundo amor por mí.
Si te sientes culpable por algo de tu pasado, si tienes un esqueleto guardado en el closet de tu vida del cual nadie sabe y sientes gran remordimiento, te digo que la Sangre de Jesús es más poderosa que cualquier iniquidad cometida debajo del cielo.
“Pero si confesamos nuestros pecados a Dios, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.” 1 Juan 1:9
Sabiendo esto, no hay mayor necedad, mayor terquedad que no creer. Podrás decir: “es que no me siento digno,” te digo que no es de sentir sino de creer y a Dios le trae gran honra cuando le creemos.
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