Es Tiempo de Conectar, junio 001
¿ Será que la amargura tiene remedio?
“Levanten, pues, las manos caídas y las rodillas entumecidas; enderecen las sendas por donde van, para que no se desvíen… y sean sanados. Procuren vivir en paz con todos, y en santidad, sin la cual nadie verá al Señor. ‘
‘Tengan cuidado. No vayan a perderse la gracia de Dios; no dejen brotar ninguna raíz de amargura, pues podría estorbarles y hacer que muchos se contaminen con ella.” Hebreos 12:15-16
Es muy peligroso y malsano tener heridas que no permitimos que sanen y que nos llevan a la amargura.
La amargura comienza cuando te hieren y cuando no las llevas a Dios en oración, cuando no las sueltas y dejas ir; cuando ocurre esto la herida no cierra sino que se fermenta.
Debemos cuidar nuestras raíces, dice Hebreos que no dejando que brote una raíz de amargura. Las raíces tienen la facultad de nutrir lo que crece encima; sea un arbol, una planta, lo que sea.
Una raíz de amargura alimenta relaciones rotas, decisiones impulsivas y una tristeza crónica que parece no sanar.
Lo más peligroso no es lo que nos hicieron, sino lo que nosotros hacemos después de que nos hieren.
“Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman…” Romanos 8:28
Podremos concluir que para Pablo es muy fácil escribir estas palabras: “sabemos que todo ayuda a bien.”
Quiero que nos detengamos y analicemos a tres personas de la Biblia que escogieron no quedarse en la queja y la amargura.
Aprendemos de José quien fue traicionado y vendido por sus propios hermanos, terminó en la carcel e injustamente olvidado por todo el mundo…pero no por Dios.
José tenía razones de sobra para pasar la vida lleno de veneno y rencor con aquellos que le hicieron tanto daño siendo muy joven, así que no se quedó alimentando una sed de venganza sino que cuando se encontró frente a sus hermanos con el poder suficiente para vengarse, dijo: «Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien» (Génesis 50:20).
José no minimizó el daño sino que reconoció la gran maldad con la que actuaron sus hermanos, sin embargo en vez de vengarse eligió tener una perspectiva más grande.
Su perdón no fue liviano e ingenuo sino que fue una decisión que requirió de fe y abnegación sostenida durante años de silencio.
Otro personaje de la Biblia es Noemí de quien leemos en el libro de Rut quien lo perdió todo: su tierra, su esposo y hasta sus dos hijos que era lo único que le quedaba.
Cuando Noemí regresó a Belén dijo: «No me llaméis Noemí, llamadme Mara; porque en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso» (Rut 1:20).
Noemí fue real y honesta con su dolor, y no usó lenguaje religioso que lo adornara y Dios no la rechazó por eso.
La repuesta de Dios para Noemí tiene nombre propio y se llama Rut. Su restauración llegó a través de la lealtad y la bondad de otro ser humano.
No tiene nada de malo confesar que estás amargada(o), que seas honesta delante de Dios pues ese es el primer paso hacia la sanidad.
Otro ejemplo que vemos en la Biblia es el hermano mayor del hijo pródigo que nunca fue traicionado ni mal tratado, pero su amargura nació en el momento que se quiso comparar diciendo: «Tantos años te sirvo… y nunca me has dado ni un cabrito» (Lucas 15:29).
El modelo de Jesús
En la cruz, Jesús dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34).
Los que lo crucificaban no habían pedido perdón, ni siquiera hubo arrepentimiento previo. El perdón de Jesús no esperó que se presentaran las circunstancias. Simplemente perdonó.
Esto nos enseña que perdonar no es decir que lo que hicieron estuvo bien, ni restaurar automáticamente la confianza, ni olvidar.
Perdonar es soltar el derecho a cobrar la deuda. Es decir: «Esta persona me debe algo que ya no le voy a exigir.» Es transferir el caso al tribunal de Dios.
Casos de la vida real
Heridas producidas por nuestros cónyuges o compañeros de trabajo que nos cuesta dejar ir.
La traición de un amigo cercano. Marcos lleva tres años sin hablar con su mejor amigo de infancia.
Hubo una traición real: dinero que nunca se devolvió y mentiras para encubrirlo. Perdonar no significa llamarle mañana ni volver a prestarle dinero, pero puede comenzar con una oración honesta: «Señor, no quiero perdonarlo. Pero no quiero vivir con esto dentro. Ayúdame a soltarlo.»
El perdón muchas veces comienza como una decisión de la voluntad antes de ser un sentimiento.
La ofensa dentro de la iglesia. Don Roberto fue excluido de un ministerio sin explicación y sin razón alguna y lleva dos años asistiendo al iglesia con un corazón duro, crítico de cada sermón.
Las ofensas dentro de la iglesia duelen más porque las expectativas son mayores.
Jesús anticipó esto (Mateo 18:15–17) y dio un camino: ir al hermano, hablar, buscar reconciliación, pero si no se logra, el trabajo interior sigue siendo el mismo: no permitir que la decepción con otras personas se convierta en decepción con Dios.
Pasos concretos
Nombra la herida sin minimizarla. «Me hicieron daño. Fue real.»
Llévala a Dios con honestidad.
Toma la decisión de perdonar, aunque no lo sientas.
Repítela cuantas veces sea necesario. Pedro preguntó: «¿Hasta siete veces?» Jesús respondió: «Hasta setenta veces siete.» La tendencia del corazón humano es volver a la herida. Cada vez que vuelvas, vuelve a soltar.
La amargura alimenta en nosotros deseos de venganza y mientras seguimos condenando al otro, la vida sigue y quedamos atrapados.
El perdón no es un favor que le hacemos al que nos hirió sino que es la puerta por la que nosotros mismos salimos libres.
Oración,
Señor tu Palabra nos anima en Efesios 4:32: «Sed más bien bondadosos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.»
La medida del perdón que damos a otros no es la gravedad de lo que nos hicieron sino la profundidad de lo que a nosotros nos fue perdonado. Gracias por permitirme soltar, dejar ir, a aquellos que han producido en mi tanto dolor. Los perdono, los dejo ir en el Nombre de Jesús. Repite esta oración en voz alta.
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Escrito por Jen Wilson, narrado por Juan Bravo, producido por Conectar Global