Devocional 027 septiembre

Es Tiempo de Conectar, septiembre 027

El Tomás en ti y en mi

«Tomás, uno de los doce discípulos (al que apodaban el Gemelo), no estaba con los otros cuando llegó Jesús. Ellos le contaron: ‘¡Hemos visto al Señor!’ Pero él respondió: ‘No lo creeré a menos que vea las heridas de los clavos en sus manos, meta mis dedos en ellas y ponga mi mano dentro de la herida de su costado.’

Ocho días después, los discípulos estaban juntos de nuevo, y esa vez Tomás se encontraba con ellos. Las puertas estaban bien cerradas; pero de pronto, igual que antes, Jesús estaba de pie en medio de ellos y dijo: ‘La paz sea con ustedes.’ Entonces le dijo a Tomás: ‘Pon tu dedo aquí y mira mis manos; mete tu mano en la herida de mi costado. Ya no seas incrédulo. ¡Cree!’

‘¡Mi Señor y mi Dios!’, exclamó Tomás. Entonces Jesús le dijo: ‘Tú crees porque me has visto; benditos son los que creen sin verme.'» Juan 20:24-29

Tomás fue uno de los doce elegidos por Jesús para llevar su mensaje al mundo. La tradición cuenta que después viajó a predicar el evangelio hasta Persia y la India, donde murió como mártir hacia el año 72 d.C. Pero es recordado, más que todo, por una tarde de duda.

Jesús se había aparecido a los discípulos el mismo día de la resurrección y Tomás no estaba allí. Cuando los demás le contaron lo que habían visto, él no lo creyó.

No me crean tan ingenuo, dijo: «Si no veo en sus manos la marca de los clavos… no creeré» (v. 25).

Quizás no era por terco y más bien era miedo a ilusionarse y ser defraudado de nuevo pues Tomás había sido testigo del gran sacrificio y muerte del Maestro y volver a creer significaba arriesgarse a esa decepción una segunda vez y eso, para él, era suficiente.

Y ahí está lo que hace esta historia tan nuestra: casi todos hemos sido Tomás en algún momento. No por falta de fe, sino por cansancio de esperar algo que ya nos defraudó una vez.

Es como la oración que ya no hacemos porque «para qué, si no cambió nada.»
La promesa de Dios que dejamos de creer porque ya nos dolió demasiado ser desilusionados.

Pero Jesús no se da por vencido con Tomás.
Una semana después se vuelve a aparecer y esta vez se dirige directamente a él:
«Pon aquí tu dedo… No dejes de creer, sino cree.»

Y Tomás, sin necesitar ya tocar nada, responde con la confesión de fe más importante de todo el evangelio: «¡Señor mío y Dios mío!»

Nótese la respuesta de Jesús. Si Él no fuera realmente Dios, este habría sido el momento perfecto para corregirlo:

«Tomás, no exageres, soy un gran maestro, ni soy el Señor, ni soy Dios.»
Pero Jesús no corrige nada. Recibe la adoración de Tomás como quien la merece, y añade una bendición que atraviesa siglos hasta llegar a nosotros hoy:
«Bienaventurados los que sin haber visto, han creído» (v. 29).

Esa bendición es exactamente para ti y para mí. No vimos las heridas, no metimos el dedo en su costado y sin embargo, se nos invita a la misma fe y a la misma bendición.

Piensa en cuántas veces hoy exigimos «ver para creer»:
Necesito que se resuelva la situación económica para confiar en que Dios provee.

Necesito que el examen médico salga bien para creer que Él me cuida.
Necesito ver la respuesta a la oración antes de volver a orar con fe.

No es pecado dudar pues Jesús ni siquiera reprendió a Tomás por eso. Pero sí nos invita a algo más alto: a creer aun antes de ver, porque Él ya demostró quién es.

Aplicación: ¿Qué área de tu vida sigue esperando «tocar la herida» antes de creer? Tráela a Jesús hoy tal como está — con duda incluida — y permítele encontrarte ahí, como encontró a Tomás.

Oración: Señor, reconozco que muchas veces necesito ver para creer, tocar para confiar. Gracias porque no me rechazas por mis dudas, sino que me buscas, como buscaste a Tomás.

Hoy elijo creer sin haber visto todavía la respuesta completa. Sé mi Señor y mi Dios. Amén.

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Creado y narrado por Juan Bravo. producido por Conectar Global

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