Es Tiempo de Conectar, septiembre 013
Huye de la Inmoralidad Sexual
«Huid de la inmoralidad sexual… quien peca sexualmente, peca contra su propio cuerpo.» — 1 Corintios 6:18
La inmoralidad sexual toca a la puerta de todos: curas, pastores, casados, solteros, empresarios, pobres y ricos, en la iglesia, en tu computador. Por eso Dios no nos aconseja tener cuidado ni pensarlo bien. Dice: huye.
En el griego original el verbo queda como una orden que no termina, continua: sigue huyendo. No la primera vez, ni la segunda, sino siempre.
En Génesis 39 leemos sobre José, que lo vivió en carne propia.
La esposa de Potifar lo acosaba día tras día, aprovechando la ausencia de su esposo, pero él siempre la rechazaba por fidelidad a su amo y a Dios. Un día ella fue tan atrevida que lo agarró de la ropa, y él, en vez de resistir, huyó. Al verse rechazada, usó el manto como prueba falsa para acusarlo ante los sirvientes y su esposo. Potifar, al escuchar la mentira, se enojó y mandó encarcelar a José en la prisión del rey.
Aquí, en nuestra ciudad, huir es lo más aconsejable. A Medellín llegan vuelos llenos de hombres solos, y alrededor de eso se ha montado todo un mercado que vive del abuso y la lujuria ajena — una realidad que se ve en las mismas calles por donde caminamos, trabajamos y vivimos.
Si crees que esto no tiene nada que ver contigo, ese pensamiento ya es la primera grieta.
¿Cómo nos blindamos entonces? No con fuerza de voluntad, sino con estrategia.
Cuatro cosas:
Busca a Jesús antes que a cualquier otra cosa.
La oración, la confesión, la intimidad con Dios van primero, porque sin su fuerza estamos expuestos. Él es tu pozo; no tienes que andar mendigando agua de cisternas rotas. Él ha prometido suplir todas nuestras necesidades.
Entrena tu mirada.
No se trata de fijarte en cómo se viste la persona que pasa junto a ti; eso está fuera de tu control. Lo que sí puedes gobernar es hacia dónde diriges tus ojos y tus pensamientos.
«Hice un pacto con mis ojos, de no mirar con codicia sexual a ninguna joven.» Job 31:1
Salomón nos aconseja: «Mira hacia adelante y fija los ojos en lo que está frente a ti. Traza un sendero recto para tus pies; permanece en el camino seguro. No te desvíes; evita que tus pies sigan el mal.» Proverbios 4:25-27
Esa disciplina, repetida cada día, es la que te sostiene cuando el mundo parece empujarte en la otra dirección.
No camines solo.
Puedo decir con gratitud que desde el año 2000 soy parte de un grupo pequeño de hombres, y sin exagerar, eso me ha guardado. Nos reunimos todos los viernes —algunos en persona, otros por Zoom— por 40 minutos, a las 7:20 a.m., porque todos reconocemos que no somos perfectos, que todos somos vulnerables, que la vida es una lucha, que como hombres tenemos grandes responsabilidades con nuestras familias y que estamos llamados a dejar un legado de fe y de valores.
Sabemos que el estándar es alto para quien se dice cristiano. No porque seamos perfectos, sino porque hay ojos que me conocen, preguntas que me incomodan y hombros que me sostienen cuando la batalla aprieta.
El pecado sexual crece en el aislamiento y en el secreto; muere cuando alguien más sabe. Si no tienes ese grupo, ora hoy mismo pidiéndole a Dios dos o tres hombres con quienes caminar. No es opcional: es supervivencia espiritual.
No te creas inmune. «El que piensa estar firme, mire que no caiga» (1 Corintios 10:12). El orgullo de «a mí no me pasa» es la puerta abierta.
Dios no se burla, y nadie se burla de Él: «cada uno cosecha lo que siembra» (Gálatas 6:7). Pero también es fiel para levantar al que cae y perdonar al que se arrepiente.
Oración de confesión
Padre, hoy no vengo a defenderme ni a justificarme. Vengo a decirte la verdad de mi corazón. Tú conoces cada lugar donde mi mirada se ha ido, cada pensamiento que escondí, cada vez que jugué con lo que debí haber huido.
Te confieso mi lucha con la inmoralidad sexual — en lo que he hecho, en lo que he mirado, en lo que he deseado. Perdóname, Señor. No por mérito mío, sino porque Cristo ya pagó por esto en la cruz.
Hoy elijo huir, no por vergüenza, sino porque te amo más de lo que amo mi pecado. Rodéame de hombres y mujeres que me sostengan. Dame un pacto con mis ojos, como el de Job. Sé tú mi pozo, para que no siga buscando agua en cisternas rotas.
Gracias porque en ti no hay condena para el que se acerca con el corazón sincero. Levántame hoy, Señor. Y ayúdame a seguir corriendo. Amén.
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Creado y narrado por Juan Bravo. producido por Conectar Global