Es Tiempo de Conectar, mayo 0025
Cuando la Tormenta lo Destruye Todo
«Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza; siempre está dispuesto a ayudar en tiempos de dificultad. Por lo tanto, no temeremos cuando vengan terremotos y las montañas se derrumben en el mar. ¡Que rujan los océanos y hagan espuma! ¡Que tiemblen las montañas mientras suben las aguas!» Salmos 46:1-3
No importa en qué país vivas, si has sido cristiano poco o mucho tiempo, qué idioma hables, cómo esté tu cuenta bancaria o qué grado de educación tengas, absolutamente todos pasamos por tormentas.
Ese momento donde el piso se mueve bajo tus pies. Donde todo lo que pensabas que era seguro de repente se desmorona. Donde el diagnóstico llega, o la llamada que nunca quisiste recibir, o la noticia que cambia todo. ¡Es algo real!
Hay un dicho popular que dice: «Hijos pequeños, problemas pequeños; hijos grandes, problemas grandes.»
Pablo, el hombre de Dios que escribió la mitad del NT, que fundó iglesias y sirvió a Dios con todo, vivió la tormenta perfecta, literalmente, cuando iba como prisionero rumbo a Roma.
Hechos 27 narra lo que sucedió:
El barco llevaba 276 personas. Durante catorce días fueron sacudidos por una tormenta tan violenta que no podían ver ni el sol ni las estrellas. Las olas golpeaban con fuerza, el viento rugía y la tripulación perdía toda esperanza de salvarse. Llegó un punto donde la Biblia dice: «Habíamos perdido toda esperanza de salvarnos.»
Imagina eso. Dos semanas en medio de un océano furioso, sin poder ver el cielo, sin saber dónde están, sin tener de donde agarrarse y con el barco siendo destrozado poco a poco.
El barco tenía anclas, pero ni las anclas sirvieron para nada.
Y esa es exactamente la realidad que muchos de nosotros enfrentamos:
Nos anclamos en nuestro trabajo, y nos despiden.
Nos anclamos en el ancla de nuestra buena salud, y llega la enfermedad.
Nos anclamos en el ancla de nuestros ahorros, y la economía colapsa.
Nos anclamos en nuestras relaciones, y la gente nos falla.
Las anclas que nos dan seguridad en este mundo eventualmente se rompen o se sueltan.
Sin embargo, había otra ancla a bordo. En medio del desespero, Pablo se pone de pie y dice algo extraordinario:
«Anoche se me apareció un ángel del Dios a quien pertenezco y a quien sirvo, y me dijo: ‘Pablo, no temas. Tienes que comparecer ante el César, y Dios te ha concedido la vida de todos los que navegan contigo.’ Así que, ¡ánimo, señores! Confío en Dios que sucederá tal como se me dijo.» Hechos 27:23-25
Las anclas del barco no estaban funcionando e iban a la deriva, pero Pablo contaba con un ancla diferente: Dios mismo.
El ancla de Pablo no detuvo la tormenta sino que ésta continuó hasta destruir completamente el barco. El escuchar a Dios fue la mejor ancla pues garantizó que las 276 personas iban a sobrevivir, aunque todo lo demás se perdiera.
La promesa no es que no vamos a enfrentar tormentas, sino que si Dios está en el barco, eso hace toda la diferencia. El barco se hunde, pero hay salvación.
Recuerdo vívidamente el momento en que iba a salir del país a buscar otras oportunidades para mí y para mi familia, cuando Colombia pasaba por la tormenta perfecta y se hundía en corrupción, narcotráfico y pésimo liderazgo.
Camino al aeropuerto, el Espíritu Santo me recordó un coro: «De vez en cuando mi barca amenaza naufragar, y las olas se levantan y me lleno de pesar. Entonces cuando todo está perdido, me miras, mi Señor estás conmigo…»
Ni el Salmo 46 ni la historia de Pablo prometen que no vamos a pasar por tormentas. No dice «si de pronto» o «si acaso,» sino «aunque.» Asume que las cosas malas van a llegar.
En la historia de Pablo, la tormenta fue real. El naufragio fue real. La pérdida fue total. El barco, su medio de transporte y su seguridad física se chocó contra las rocas y se hizo pedazos.
Pero ni una sola vida se perdió. ¿Por qué? Porque mientras el barco se hundía, el ancla espiritual sostenía a las personas.
Tres verdades del naufragio de Pablo que reflejan el Salmo 46
1. Dios es tu amparo cuando todo lo demás falla.
2. Dios es tu «pronto auxilio» en la tribulación.
3. Aunque lo pierdas todo, vas a estar bien.
Las 276 personas perdieron el barco, la carga, sus pertenencias, sus planes. Todo lo material se fue al fondo del mar. Pero conservaron su vida.
A veces, Dios no salva tus cosas. No salva tu trabajo. No salva tu relación. No salva tu plan original. Pero te salva a ti, y al final, eso es lo que importa.
Las anclas físicas del barco intentaron detener el movimiento externo; el ancla espiritual de Pablo detuvo el colapso interno.
Aquí está la pregunta para ti: ¿En qué estás anclado?
¿En tu cuenta bancaria? ¿En tu trabajo? ¿En tu salud? ¿En tu relación? ¿En tu propia capacidad de arreglarlo todo?
Porque cuando venga tu tormenta, que de cierto vendrá, esas anclas pueden no ser suficientes. Pero hay un ancla que sí lo es.
Hoy, puedes elegir contar con esa ancla en tu vida.
¿Lo crees?
Oración
«Dios, mi barco se está hundiendo. Mis anclas no están funcionando. He perdido el control. Pero hoy elijo anclarme a ti, no a mis circunstancias, no a mis planes, no a mi propia fuerza. Sé mi amparo cuando todo falla. Sé mi pronto auxilio en esta tormenta. Y ayúdame a confiar que, aunque pierda el barco, no perderé mi vida. Amén.»
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Escrito por Jen Wilson, narrado por Juan Bravo, producido por Conectar Global