Es Tiempo de Conectar, mayo 0029

Cuando el éxito se convierte en trampa

«Mientras Uzías buscó a Dios, Dios le dio prosperidad. Pero cuando aumentó su poder, se volvió arrogante, lo cual lo llevó a la desgracia.» 2 Crónicas 26:5,16

Abraham Lincoln lo resumió de una manera clara: «Casi cualquier hombre puede resistir la adversidad. Pero si quieres probar el carácter de una persona, dale poder.»

Uzías fue rey de Judá durante cincuenta y dos años después de haber sido coronado a los dieciséis, siendo un adolescente, gobernó con sabiduría, construyó ciudades, venció ejércitos, desarrolló tecnología militar de punta, y su fama traspasó fronteras. La Biblia lo resume en una sola frase: mientras buscó a Dios y dependió de Él, Dios le prosperó.

Muchos de nosotros nos podemos identificar con esta parte bonita de la historia.
El peligro no llegó en la pobreza, ni en la derrota sino que llegó exactamente cuando todo marchaba bien.

Hay una dinámica que se repite en la historia humana con una precisión aterradora: el éxito, sin vigilancia espiritual y sin rendición de cuentas, fabrica el veneno que acaba con el que lo logró.

Jeff Bezos construyó Amazon desde un garaje con visión y disciplina. En sus primeros años hablaba con humildad de los clientes, del largo plazo, de la misión. Décadas después, con poder casi ilimitado, las decisiones se volvieron cada vez más unilaterales, las relaciones más frías, el ego más visible. El mismo patrón humano que estudiamos hoy en la vida de Uzías.

¿O qué decir de los líderes de iglesia que empezaron con oración, genuinos, con hambre de Dios, con cercanía a su gente y que a medida que el ministerio creció, el poder los fue alejando de todo lo que los hizo grandes?

La arrogancia no llega de golpe. Llega en pequeñas dosis, disfrazada de confianza, de autoridad, de «nadie me va a decir qué es lo que hago.»

Uzías no se levantó un día y decidió ser arrogante. El texto dice que cuando aumentó su poder, algo se torció. El éxito fue la puerta a una tragedia personal y como consecuencia familiar y nacional.

Con el poder ocurre que cada logro eleva el umbral y lo que al principio te asombraba ya no te impresiona y empiezas a creer que el éxito es resultado de tu ingenio, de tu espiritualidad, de tu capacidad y no de la gracia que te llevó allí.
Uzías llegó a tal punto de orgullo que cruzó una línea que la Escritura tenía claramente prohibida: entró al templo a ofrecer incienso, una función reservada exclusivamente para los sacerdotes. Ochenta y un sacerdotes lo enfrentaron: «Esto no te corresponde.» (2 Crónicas 26: 17) ¿Cuál fue su respuesta? Se creyó el dueño del templo, se llenó de orgullo y se enfureció.

Ahí está la señal de alarma. Cuando el poder nos hace incapaces de recibir corrección, ya hemos caído, aunque todavía no lo veamos.

Nelson Mandela pasó 27 años en prisión y salió sin amargura, con una visión de reconciliación que transformó una nación. Cuando le preguntaron cómo lo logró, respondió: «Aprendí a escuchar.» El poder no lo corrompió porque la cárcel le había enseñado a no confiar en sí mismo.
Uzías nunca aprendió esa lección.
Tres señales de que el éxito te está comiendo

Primera: Cuando crees que lo sabes todo y ya no necesitas consejo de nadie.
Segunda: Cuando dejas de buscar a Dios con la misma hambre de antes.
Tercera: Cuando crees que las reglas son para los demás.

La salida
La buena noticia es que este patrón puede romperse — pero requiere algo que el éxito no produce naturalmente: humildad deliberada.

C.S. Lewis lo dijo así: «La humildad no es pensar menos de ti mismo. Es pensar en ti mismo con menos frecuencia.»

El antídoto al peligro del éxito no es fracasar. Es entender que somos puestos como mayordomos de lo que conocemos, de lo que tenemos y de las relaciones, que no soy dueño de nada y mantener viva la dependencia de Dios en los momentos en que humanamente crees que ya no la necesitas.

Para ti, hoy
Quizás las cosas te están yendo bien. Quizás estás en el mejor momento de tu carrera, tu ministerio, tu familia. Eso es una bendición — y también es una prueba.
La pregunta no es si tienes éxito. La pregunta es: ¿a qué le atribuyes ese éxito?
Uzías reinó cincuenta y dos años. Empezó extraordinariamente bien. Terminó con lepra, aislado, excluido del templo que había querido profanar viviendo sus últimos días apartado de todo lo que había construido.

No terminó así por sus fracasos. Terminó así por su éxito mal administrado.
Que no nos pase lo mismo.

«Señor, cuando las cosas vayan bien — especialmente cuando vayan bien — recuérdame que todo lo que soy y tengo viene de Ti. Guarda mi corazón del orgullo que se disfraza de confianza. Que el éxito nunca reemplace la búsqueda. Amén.»

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Escrito por Jen Wilson, narrado por Juan Bravo, producido por Conectar Global

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