Devocional 016 agosto

Es Tiempo de Conectar, agosto 016

La generosidad que derribó un muro

“Claro, con eso no quiero decir que lo que ustedes den deba hacerles fácil la vida a otros y difícil a ustedes. Solo quiero decir que debería haber cierta igualdad.

 Ahora mismo ustedes tienen en abundancia y pueden ayudar a los necesitados. Más adelante, ellos tendrán en abundancia y podrán compartir con ustedes cuando pasen necesidad. De esta manera, habrá igualdad.” 2 Corintios 8:13-14

En el siglo I, pedirle a un griego rico que diera dinero para sostener a un judío pobre era escandaloso, mas o menos puede pasar algo similar hoy.

La hostilidad entre judíos y gentiles tenía siglos de historia, de divisiones religiosas, étnicas, culturales y económicas tan profundas que en el templo de Jerusalén había literalmente un muro de piedra que separaba el atrio de los gentiles del resto.

Y Pablo le pidió a los corintios quienes era griegos, gentiles y ricos que dieran dinero para sostener a judíos pobres en Jerusalén.

1. La ofrenda que el mundo no podía explicar
El mundo grecorromano del siglo I tenía sus propias formas de generosidad. Los ricos patrocinaban obras públicas, financiaban juegos, sostenían a sus clientes y libertos. Pero siempre se aseguraban que fueran personas de su propio grupo, su propia clase, su propia etnia.

Así que dar cruzando esas líneas no era considerado generosidad sino locura social.

Lo que Pablo organizó era exactamente eso, una locura social que sólo el evangelio podía explicar.

Pablo escribió en Gálatas 3:28: «No hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.»

La ofrenda no era solo dinero fluyendo de ricos a pobres sino la demostración práctica de que esa declaración en Gálatas era verdad. Que la unidad en Cristo no eran palabras bonitas, que era real y costosa y que cruzaba todas las fronteras que el mundo consideraba inamovibles.

Desmond Tutu, el arzobispo sudafricano que luchó contra el apartheid dijo: «Somos familia de Dios. Y en una familia, cuando un miembro sufre, todos sufrimos. Y cuando uno prospera, todos celebramos.»

2. Las divisiones de hoy que el evangelio debe cruzar
Pueden cambiar los tiempos, los países, las culturas pero el principio no cambia.
En América Latina las divisiones que el mundo considera inamovibles tienen nombres propios.

El barrio de los ricos y el barrio de los pobres están en la misma ciudad, así como el blanco y el indígena. El bogotano y el costeño. El mexicano y el centroamericano. El que tiene papeles y el que no los tiene. El que estudió y el que no pudo. El que llegó primero y el que acaba de llegar.

Fronteras invisibles pero absolutamente reales que determinan quién merece qué, quién ayuda a quién, quién es prójimo y quién es extraño.

El evangelio tiene una respuesta para cada una de esas fronteras. Y esa respuesta no es solo un sermón, es solidaridad, es ayuda económica.

Es un acto concreto de generosidad en tiempo real, con dinero real, con sacrificio real, que cruza la línea que la cultura trazó y dice: en Cristo, tú eres mi hermano antes de ser mi diferente.

En Colombia lo he visto. Iglesias de barrios acomodados sosteniendo ministerios en comunas que nunca visitarían. Empresarios que dieron para que jóvenes de familias rotas pudieran ir a un campamento que cambió el curso de sus vidas. Comunidades que cruzaron la frontera de la clase social con sus recursos y descubrieron que al cruzarla también cruzaron algo en sus propios corazones.

3. La igualdad que no nivela hacia abajo sino hacia arriba
Pablo usa la imagen del maná en el desierto en el Antiguo Testamento que sus lectores conocían bien.

«El que recogió mucho no tuvo más, y el que recogió poco no tuvo menos.» 2 Corintios 8:15, citando Éxodo 16:18

En el desierto Dios diseñó un sistema donde la acumulación no era posible pues el maná que se guardaba para el día siguiente amanecía podrido y tampoco la escasez era posible pues el que recogió poco tuvo suficiente.

Pablo aquí no está proponiendo un sistema económico sino que está describiendo la lógica del reino de Dios: los recursos fluyen hacia donde hay necesidad. No para que los ricos se empobrezcan sino para que nadie se quede sin lo suficiente.

Hoy tú tienes abundancia y otro tiene escasez. Mañana puede ser al revés. La generosidad que cruza fronteras hoy construye la red que te sostendrá mañana.
Martin Luther King Jr. lo articuló con una imagen que nunca he olvidado: «Estamos todos atrapados en una red de mutualidad, tejidos en una sola prenda de destino. Lo que afecta a uno directamente afecta a todos indirectamente.»

Tres aplicaciones concretas
Primera — Identifica la frontera que más te cuesta cruzar.
Segunda — Da hacia donde no te da ningún beneficio social.
Tercera — Deja que tu dinero diga lo que tu boca declara.

El desafío
Pablo le pidió a gentiles ricos que dieran para judíos pobres. Y dieron y ese acto concreto de generosidad cruzó un muro que ningún discurso hubiera podido derribar.

¿Qué muro en tu vida está esperando una ofrenda que lo derrumbe?
«Señor, confieso que mi generosidad a veces se queda dentro de mis propias fronteras — las personas que conozco, los grupos con los que me identifico, los que me pueden devolver el favor. Hoy decido que eso cambia. 

Que mi dinero y mi tiempo crucen las líneas que mi cultura trazó. Que mi generosidad sea evangelio encarnado — la demostración práctica de que en Cristo no hay diferencias que valgan más que la unidad. Hazme un dador que cruza fronteras. Amén.»

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Creado y narrado por Juan Bravo. producido por Conectar Global

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