Es Tiempo de Conectar, julio 019
El problema que nada ni nadie puede resolver
«Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; pero el Señor cargó en Él el pecado de todos nosotros.» Isaías 53:6
Desde el principio de la historia, el ser humano ha contado con un problema que ningún sistema humano ha podido resolver.
No es la pobreza. No es la enfermedad. No es la guerra; aunque todos estos son síntomas reales y devastadores.
El problema más profundo del ser humano es la separación, es la distancia entre lo que somos y lo que fuimos diseñados para ser. Y durante la historia la humanidad ha buscado la respuesta en los lugares equivocados.
Cada gran civilización llegó al mismo diagnóstico: y es que algo está fundamentalmente roto en el ser humano. Y cada una propuso su propia solución.
Los griegos por medio de Platón, Aristóteles y Sócrates creyeron que la respuesta era la razón. Si el hombre pensaba correctamente: si la filosofía, la lógica y la educación alcanzaban su máxima expresión, el problema humano se resolvería..
Y el Imperio Romano quien heredó de la sabiduría griega también colapsó, no por falta de inteligencia sino por corrupción moral desde adentro.
Los romanos creyeron que la respuesta era la ley. Un sistema legal perfecto, una estructura de gobierno sólida, una ciudadanía ordenada y crearon la Pax Romana.
Esto hizo una importante contribución y funcionó por siglos hasta que no funcionó más.
Las religiones orientales creyeron que la respuesta era la disciplina interior, el desapego, la meditación, la extinción del deseo.
Buda enseñó que el sufrimiento viene del querer, y que la liberación viene de dejar de querer.
Todos con intentos nobles, con sabiduría real en muchos casos, pero ninguno llegó a la raíz del problema.
Porque la raíz no es intelectual, no es legal y no es psicológica sino que es espiritual y moral. Es la separación entre el ser humano y su Creador, lo que la Biblia llama pecado.
Blaise Pascal, matemático, físico y filósofo francés del siglo XVII lo describió de la siguiente manera:
«Hay un vacío con forma de Dios en el corazón de cada ser humano que no puede ser llenado por ninguna cosa creada. Solo puede ser llenado por Dios mismo, hecho conocido a través de Jesucristo.»
Israel, por demás, recibió algo que ninguna otra nación tenía: la revelación directa de Dios. La ley, los profetas, el sistema de sacrificios — todo apuntaba hacia una solución que estaba por venir.
El sistema de sacrificios del Antiguo Testamento era extraordinariamente revelador. Pero a esto también le faltaba algo y el libro de Hebreos lo explica claramente siglos después: «La sangre de toros y de machos cabríos no puede quitar los pecados.» (Hebreos 10:4)
Cada sacrificio era real y cumplía su propósito, pero era insuficiente pues simplemente apuntaba hacia adelante, hacia algo que vendría y que sería definitivo.
Isaías y otros profetas como Jeremías quien anticipó la necesidad de un nuevo pacto, Ezequiel quien habló de un corazón de carne en lugar de piedra y Daniel quien vio al Hijo del Hombre viniendo entre las nubes.
Todos miraban y apuntaban en la misma dirección, todos esperaban lo mismo.
Y lo que esperaban no era una idea ni una filosofía ni un sistema mejorado, ¡UNA PERSONA!
Así que Dios decidió entrar Él mismo en el problema.
«Y aquel Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros.» Juan 1:14
Aquí está lo que ninguna otra religión, ninguna filosofía, ningún sistema humano había propuesto jamás:
Que Dios mismo entrara en el problema.
No que enviara instrucciones desde arriba no que estableciera reglas más claras ni que demandara más esfuerzo humano.
Sino que viniera Él mismo, Dios mismo y tomara forma humana, viviera la experiencia humana completa, y que desde adentro del problema lo resolviera de una vez y para siempre.
Isaías lo vio 700 años antes. Lo vio con una precisión asombrosa. Un siervo sufriente que cargaría el peso de todos. Herido por transgresiones que no eran suyas. Molido por iniquidades ajenas. Y por cuya llaga vendría la sanidad que siglos de religión y filosofía no habían podido dar.
El problema del hombre es demasiado profundo.
La pregunta no es si la humanidad necesita un Salvador; dos mil años de historia responden esa pregunta: sí y desesperadamente.
La pregunta es si tú en este momento de tu vida estás recibiendo y disfrutando lo que vino a darte.
«Señor, hoy reconozco que el problema más profundo de mi vida no es externo sino interno. Que ningún sistema, ningún esfuerzo, ninguna disciplina puede resolver lo que solo Tú puedes resolver.
Gracias por no enviar instrucciones desde lejos y por entrar Tú mismo en el problema. Recibo hoy lo que viniste a darme: reconciliación, sanidad, nueva vida. No porque lo merezca, sino porque Tú decidiste que valía la pena. Amén.»
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Creado y narrado por Juan Bravo. producido por Conectar Global