Es Tiempo de Conectar, junio 001
Desesperado
«Inclina tu oído, oh Señor, y respóndeme, porque soy pobre y necesitado.» — Salmo 86:1
Estar desesperado describe a una persona angustiada o agobiada por una situación extrema que parece no tener solución. ¿Te suena familiar?
En el reino de Dios, estar desesperado es el punto de partida y David lo entendió mejor que nadie.
En el Salmo 86, David ocupa el trono de Israel y el hombre más poderoso de su nación, en pleno apogeo, y sin embargo abre con esto: «soy pobre y necesitado.»
¿Pobre quién? ¿David? ¿El que venció a Goliat, el que unificó a Israel, el que acumuló más riqueza y poder que cualquier rey de su generación? ¡Si! Ese mismo David expresa en este salmo desesperación diciendo que es pobre y necesitado.
Pero aquí no está hablando de dinero sino de algo más profundo: pobreza de espíritu. La misma que Jesús colocó como la primera bienaventuranza en el Sermón del Monte: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.»
Es la primera bienaventuranza porque es la fundamental. Toda relación genuina con Dios comienza aquí, no con qué tanto conocimiento tienes, ni talentos, ni que tan religioso eres, ni qué tanto esfuerzo moral sino con esta confesión honesta: Señor, sin ti soy nada y estoy perdido.
C.S. Lewis lo dijo con claridad: «Dios no puede darnos paz y felicidad apartadas de Él mismo, porque no existe tal cosa.»
La pobreza de espíritu no es pesimismo, es realismo espiritual. Es ver la realidad como realmente es.
Jackson Senyonga es un pastor de Uganda reconocido principalmente por ser el fundador y pastor principal de la Christian Life Church (Iglesia de la Vida Cristiana) en Kampala, Uganda. Su congregación es una de las más grandes de África oriental y ha visto transformación de comunidades y de familias por medio de su ministerio pero cuando lo invitan y visita los Estados Unidos, dice algo cierto pero que incomoda a sus audiencias:
«Ustedes no están lo suficientemente desesperados. Son adictos a un espíritu de comodidad y bienestar.»
La comodidad es el anestésico más efectivo contra la vida espiritual. Cuando creemos tenerlo todo resuelto la oración se vuelve una rutina en lugar de clamor. La Biblia se vuelve un libro más y hacemos de Dios alguien superficial.
El problema no es tener recursos. El problema es cuando los recursos nos convencen de que no necesitamos a Dios con urgencia.
Teresa de Ávila, la mística española del siglo XVI, escribió: «La oración es un trato de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama.» Pero ese trato de amistad solo es profundo cuando llegamos con necesidad real y no con una lista de peticiones de quien ya tiene todo resuelto.
David tenía todo bajo control en términos humanos y aun así clamó como si fuera un mendigo.
La paradoja del reino es que los que más tienen espiritualmente son los que más saben que no tienen nada sin Dios.
3. La desesperación que libera
«Inclina tu oído, oh Señor.» En cuatro palabras, esta frase contiene una profundidad enorme..
David no dice escúchame desde tu trono distante, al contrario toma una posición de humildad y dice, inclínate, como un mendigo que encontramos en la calle.
La condición para que Dios incline su oído no es que seas poderoso, ni que tengas todo resuelto, ni que hayas orado suficientes horas esta semana. La condición es simple: ser honesto sobre tu necesidad.
Martin Luther King Jr., en medio de la crisis más oscura del movimiento de derechos civiles, escribió desde la cárcel de Birmingham: «He llegado a la conclusión de que estoy en el lugar correcto porque estar aquí me ha forzado a depender completamente de Dios.»
La prisión lo desesperó, la desesperación lo acercó a Dios y desde esa cercanía escribió palabras que cambiaron una nación.
La desesperación genuina por Dios no paraliza sino que libera. Libera del peso de fingir que eres autosuficiente. Libera de la apariencia religiosa. Libera para clamar con la misma honestidad de David: Señor, si no intervienes, estoy perdido.
Y es exactamente ahí donde Dios interviene.
Hoy, antes de seguir con tu día, hazte una pregunta: ¿Estoy lo suficientemente desesperado por Dios?
El Dios que inclina su oído está escuchando ahora mismo, y lo único que necesitas para ser escuchado es decir con honestidad: Señor, te necesito hoy, ahora. Sin ti no puedo seguir.
Es el comienzo de todo.
«Señor, confieso que a veces la comodidad me ha convencido de que no te necesito con urgencia. Hoy elijo la honestidad de David. Soy pobre y necesitado. Inclina tu oído. Respóndeme. No porque lo merezca, sino porque Tú eres fiel y yo soy tuyo. Amén.»
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Creado y narrado por Juan Bravo. producido por Conectar Global