Devocional 015 julio

Es Tiempo de Conectar, julio 015

Heme aquí, envíame a mí

«Después oí la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí.» Isaías 6:8

El Rey Uzías había reinado 52 años dándole gran estabilidad a Judá y su muerte no fue solo la pérdida de un monarca, fue el declive de toda una era de seguridad nacional.

El pueblo no sabía lo que vendría, el trono de Israel estaba vacante y había mucha incertidumbre.

Y fue exactamente en ese momento de vacío político y declive que Isaías tuvo la visión del trono de Dios.

Qué contraste, el trono de Uzías vacío mientras que el trono del Altísimo Dios estaba lleno, alto, sublime, rodeado de serafines, inamovible.

Isaías no respondió «Heme aquí» desde la comodidad, lo respondió desde el caos, cuando todo parecía derrumbarse, cuando la nación necesitaba un buen liderazgo.

Es decir, Dios no llamó a Isaías en su mejor momento histórico, lo llamó en medio de una gran coyuntura pues Isaías conocía muy bien lo que estaba pasando por dentro de la nación y por fuera.

No tenemos que mirar tan lejos para darnos cuenta de los momentos cruciales y proféticos que nuestro mundo vive hoy.

Pero lo que ocurrió antes de que Isaías las dijera es lo que hace esta historia extraordinaria porque Isaías no llegó al trono de Dios sintiéndose listo sino que llegó sintiéndose incompetente.

El encuentro que cambió todo fue cuando vio al Señor sentado en un trono alto y sublime. Los serafines lo rodeaban clamando sin cesar: «Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.» El umbral de la puerta tembló con sus voces y el templo se llenó de humo.

Y la primera reacción de Isaías no fue adoración, fue terror.
«¡Ay de mí! Soy hombre de labios impuros y habito en medio de un pueblo de labios impuros — y mis ojos han visto al Rey, al Señor de los ejércitos.»

Rudolf Otto es un teólogo alemán quien escribió: «El encuentro con lo santo produce simultáneamente fascinación y terror, atracción irresistible y conciencia aplastante de la propia indignidad.»

Esto fue precisamente lo que experimentó Isaías. No solo sintió que no merecía estar ahí, sintió que no debería seguir existiendo.

Y es precisamente ahí, en ese punto de máxima vulnerabilidad donde Dios actúa.
Uno de los serafines voló hacia Isaías con un carbón encendido tomado del altar no con palabras de aliento, no con una lista de sus virtudes, ni con un recordatorio de sus logros pasados. ¡Llegó con fuego!

Tocó su boca y dijo: «He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa y limpiado tu pecado.»

La limpieza que Isaías necesitaba para su misión no vino de su disciplina espiritual, ni vino de años de preparación, vino de un acto soberano de gracia, el carbón del altar tocando exactamente el lugar de su mayor vergüenza, sus labios, lo que él mismo había declarado impuro, fue lo primero que Dios limpió.

Porque Dios siempre comienza la restauración en el lugar exacto donde nosotros creemos que somos irrecuperables.

El llamado de Dios nunca espera a que estemos listos. Nos encuentra exactamente donde estamos y nos hace aptos en el proceso.

Después de la purificación y la restauración viene la pregunta. «¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?»

Nuestro Dios es muy delicado y no pone presión sino que hace la pregunta, y yo te pregunto si sientes que tienes ese llamado.

Isaías, que segundos antes creía que iba a morir por haber visto al Santo, ahora responde:

«Heme aquí. Envíame a mí.»

No me siento listo, no soy la persona indicada, ni tengo las credenciales, no he superado mis inseguridades, pero aquí estoy, iré si me necesitas.
Hoy Dios te hace la misma pregunta que le hizo a Isaías.

En este momento está enviando el carbón para purificarte, ya tocó el lugar de tu mayor vergüenza, ya quitó lo que tú creías que te descalificaba.

La pregunta flota en el aire ahora mismo: ¿A quién enviaré? ¿Quién irá?
La respuesta solo requiere honestidad y disponibilidad: Heme aquí. Envíame a mí.

Oración
«Señor, hoy me paro frente a tu trono no con mis logros sino con mi honestidad. Soy de labios impuros. 

Vivo en medio de un mundo que te necesita desesperadamente. Pero creo que el mismo carbón que tocó a Isaías me toca a mí hoy — en el lugar exacto donde más lo necesito. Heme aquí. No porque sea suficiente. Sino porque Tú lo eres. Estoy dispuesto, envíame. Amén.»

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Creado y narrado por Juan Bravo. producido por Conectar Global

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