Es Tiempo de Conectar, septiembre 019
¿Para qué una espada con buen filo?
«Tomad… la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios.» — Efesios 6:17
En el día de ayer hablé sobre la Armadura de Dios que habla Pablo desde la prisión a la iglesia en Éfeso en el capítulo 6.
Pablo no nos sugiere que tomemos, nos dice, TOMEN.
Hoy como prometido vamos a hablar sobre la espada.
De toda la armadura que describe Pablo, tener una buena espada hace toda la diferencia. El casco sirve para proteger, el escudo detiene lo que nos lanza el enemigo y el cinturón sostiene toda la armadura pero de todas las piezas, la espada es la única diseñada para atacar, para conquistar, para herir. Las demás sirven como defensa.
Si quieres conquistar y reclamar lo que ya te pertenece, la Palabra de Dios es aquella arma que te va a permitir avanzar, no solo resistir.
Pero hay un detalle que no se puede pasar por alto y es que no basta con tener una espada, sino que hay que tenerla afilada, ojalá bien afilada.
En 1 Samuel 13:19-22 hay un pasaje que ilustra esto de forma dramática.
“No había herreros en la tierra de Israel en esos días. Los filisteos no los permitían, por miedo a que forjaran espadas y lanzas para los hebreos. Entonces cada vez que los israelitas necesitaban afilar sus rejas de arado, picos, hachas y hoces, tenían que llevarlos a un herrero filisteo. Por eso, en el día de la batalla, nadie del pueblo de Israel tenía espada o lanza, excepto Saúl y Jonatán.” 1 Samuel 13:19-20,22
En este pasaje leemos que los filisteos habían tomado control de toda la herrería en Israel y no permitían que hubiera herreros en el territorio, precisamente para que los israelitas no pudieran fabricar espadas ni lanzas y de esta forma dominarlos.
Así que el pueblo tenía que bajar donde los filisteos incluso para afilar sus arados y sus hoces.
El resultado fue que en el día de la batalla, el rey Saúl y su hijo Jonatán eran los únicos que tenían espada o lanza.
¿Resultado?
Un pueblo entero, desarmado, no porque no quisiera pelear, sino porque el enemigo no le permitió que tuviera acceso a elementos de guerra efectivos. Espadas y lanzas afiladas. ¡Qué error tan estratégico!
Eso es exactamente lo que le pasa hoy a un creyente que no conoce, que no profundiza en la Palabra. No es que no quiera pelear la batalla espiritual es que llega al combate con una espada sin filo, o sin espada del todo.
Cuando Jesús fue tentado en el desierto (Mateo 4:1-11), no discutió con el diablo con su propia opinión ni con lógica improvisada. Respondió tres veces con la misma frase: «Escrito está» citando directamente la Palabra. No inventó una defensa. Usó un arma que ya llevaba afilada, memorizada, lista.
Esa es la diferencia entre tener una Biblia en la mesa y tener la Palabra en la mente y en el corazón.
Una espada guardada, sin filo y obsoleta, no es buena defensa. Solo la que está en la mano, afilada, memorizada, sirve en el momento del ataque.
Aplicación: ¿Qué tan afilada está tu espada hoy? Hoy mismo, escoge un versículo o un salmo no para leerlo una vez, sino para memorizarlo de verdad, para tenerlo listo como Jesús lo tuvo.
En la próxima tentación, en la próxima crisis, en la próxima batalla, tus buenas intenciones no van a ser suficientes para ganar.
Oración: Señor, no quiero llegar a la batalla desarmado como el pueblo de Israel cuando peleó con los filisteos. Ayúdame a no solo leer tu Palabra, sino a guardarla, a afilarla en mi corazón, para que esté lista cuando la necesite. Que tu Palabra sea en mí espada de ataque, no solo adorno en un estante. Amén.
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Creado y narrado por Juan Bravo. producido por Conectar Global